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EL MISTERIO DE MARíA LA MADRE DE JESÚS

EL MISTERIO DE MARíA LA MADRE DE JESÚS

EL MISTERIO DE MARÍA LA MADRE DE JESÚS

“Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”. (Lucas 1: 46-48)

¿Se imagina que pudiera escoger a su madre antes de nacer?

Piénselo. ¿Escogería a una mujer de buena posición económica? ¿Quizás a una madre trabajadora que supliera todas sus necesidades materiales, para que nunca le faltara nada? ¿O elegiría a una madre que, aunque no fuera pobre, quizás no pudiera comprarle todo lo que quiere, pero que siempre estaría presente?

La posibilidad de elegir a su propia madre es casi una fantasía absurda, ¿no cree? Sin embargo, por extraño que parezca, es exactamente lo que hizo Jesús. Qué enorme responsabilidad ser la madre del Salvador de la raza humana. A quienquiera que Jesús escogiera, sería sin duda una persona muy especial.

A fin de cuentas, se encargaría de llevar al Dios encarnado en su vientre, cuidarlo y guiarlo a través de la niñez. Es una tarea abrumadora, y no sé quién tendría el coraje de ofrecerse como voluntaria para ese trabajo. ¿Quién tiene un currículum suficientemente bueno para criar a Jesús? Ser madre ya es bastante difícil, ¿no es cierto?

Bueno, Jesús eligió a una joven llamada María.

Al considerar a esta persona extraordinaria en la historia del mundo, nos vienen a la mente muchas preguntas. ¿Cómo la eligió Jesús? ¡No creo que hubiera simplemente reunido a un grupo de adolescentes hebreas y dijera: 'Tin marín, de dos pingüe'! Fue una decisión sumamente seria, pero ¿qué la hacía tan especial para que Dios le confiara la vida de Jesús? ¿Cómo cambió su vida y la nuestra?

No sorprende, entonces, que María haya ocupado un lugar preponderante en los anales de nuestra fe. Incluso antes de dar a luz, sabía que las generaciones venideras conocerían su nombre y el rol que desempeñaría. (Ver Lucas 1:46-48). No era arrogancia de su parte, sino un hecho fehaciente. Cuando Dios interviene en la historia de la humanidad, todo lo demás es secundario. En efecto, Dios tenía planeado que supiéramos sobre la madre más famosa y amada de toda la historia, por lo que este estudio exige nuestra completa atención. Ese es el propósito de este breve libro.

Cuando Jesús escogió a María, eligió a alguien que sería parte de la historia de la salvación. ¿Quién era esta mujer excepcional y qué podemos aprender de ella en las Escrituras? Lo averiguaremos...

¿Sabía que “María” es el nombre de mujer más popular en los Estados Unidos? La Oficina del Censo, al momento de esta publicación, indica que este nombre es dos veces más popular que Patricia, la opción número dos. No es una exageración concluir, que el nombre María es tan popular, debido al destacado lugar que ocupa en las Escrituras. No conoce a mucha gente que se llame Jezabel, ¿verdad? María es un personaje especial en la Biblia; la sublimidad de su vocación nos atrae a su historia.

Si bien elegimos, por así decirlo, nombres por lo que representan, el nombre de María es una especie de enigma. María es la forma griega del nombre hebreo Miriam (en latín es Maria). Existen otras variantes, como Marie.

La primera vez que encontramos el nombre “María” en la Biblia, es en la historia de Miriam en el Antiguo Testamento. El nombre “Miriam” equivale a rebelde, fuerte, obstinada o resistente. Podría significar también “aguas rebeldes”, “aguas impetuosas” o “aguas de fuerza”. Los eruditos no saben con exactitud. Es posible que no era de origen hebreo, sino egipcio. De hecho, Miriam tuvo un hermano llamado Moisés, el cual era un nombre egipcio. Hay faraones llamados Moisés, como Tutmosis.

La palabra egipcia “Mir” significa amor o amado. Entonces, ¿Miriam significa rebelde —descripción que refleja la actitud de los años en que los israelitas vagaban por el desierto— o significa amada? Sabemos que una de las funciones principales de Miriam era preservar la vida de su hermano, que algún día sería su salvador. De manera similar, María debía preservar la vida de Jesús, quien también sería su Salvador.

Uno de los aspectos más intrigantes de María es su genealogía; es de linaje notable y profético. Como bien sabrán, Jesús desciende de la casa de David. Al estudiar las dos genealogías de Cristo en la Biblia, notará que al final de la genealogía registrada en Mateo, el autor señala: “y Jacob [Énfasis agregado] engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo” (Mateo 1:16). Pero en la genealogía que aparece en Lucas, dice: “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí [Énfasis agregado]” (Lucas 3:23).

Mateo traza el linaje de Jesús a través de José, “el hijo de Jacob”. Lucas lo sigue a través de José, “el hijo de Elí”. ¿Por qué la diferencia? ¿Es una contradicción, un error? Tenemos que observar con más detenimiento la diferencia, para darnos cuenta que en realidad revela algo especial. De hecho, incluir a María en la genealogía era algo poco común en el mundo judío, pero la Biblia va un paso más allá.

Algunos comentaristas indican que el padre de Elí, Mattan o Matán —probablemente la misma persona con una ligera variación de ortografía en el nombre— podría haber tenido dos hijos: Elí y Jacob. Si ese es el caso, sin duda los dos eran hermanos. Es posible entonces entender la discrepancia entre Mateo y Lucas, concluyendo que Elí era el padre de María y Jacob era el padre de José. Era frecuente en los tiempos bíblicos que una persona se casara con un primo hermano o incluso con una cuñada.

De hecho, una ley bíblica destacaba la importancia de preservar la herencia familiar al exigir que una hija se casara con uno de la tribu de su padre, si no había un hijo heredero. “Y cualquiera hija que tenga heredad en las tribus de los hijos de Israel, con alguno de la familia de la tribu de su padre se casará, para que los hijos de Israel posean cada uno la heredad de sus padres” (Números 36:8). Si la única hija de Elí era María, entonces para conservar la herencia en esa familia, José habría tenido que casarse con ella.

José seguramente se casó con María, porque su primera esposa había muerto. Esta referencia en Números explica, por qué se habría casado “con alguno de la tribu de su padre”, y cómo podría ella ser también descendiente de la casa de David. María tenía sangre real.

¿Qué edad tenía cuando se casó? Algunos comentaristas sugieren que tenía entre 13 y 14 años, tomando en cuenta que la gente siempre se casaba muy joven en esos días. Pero podría haber tenido entre 18 y 19 años. Creo que su madurez y gracia desmienten la idea que apenas había pasado sus años preadolescentes. (Por lo que sabemos de José, parece que era considerablemente mayor que María cuando se casaron).

Durante la juventud y los tiernos años de Cristo, María tuvo la increíble responsabilidad de educar a Jesús. ¿Le confiaría Dios su Hijo a un ser caprichoso o ignorante? Creo que era educada y sabía leer. No debemos subestimar lo que una madre es capaz de hacer.

Susanna Wesley, cuyo padre era pastor, también era una mujer educada. Ella y su esposo Samuel tuvieron 19 hijos. Era muy talentosa e influyó tanto en la vida de sus hijos, que es conocida como la “madre del metodismo”, ya que dos de ellos, Charles y John Wesley, llegaron a liderar este movimiento. ¡Enseñó a sus hijos a leer las Escrituras cuando apenas tenían cinco años!

Aunque no era común que las niñas asistieran a la sinagoga donde se enseñaba solo a los niños, María pudo haber aprendido a leer en casa con su padre. Imagínense la responsabilidad que suponía criar y educar al Mesías. ¿Qué tan en serio se tomaría la crianza de sus hijos si uno de ellos fuera el Hijo de Dios?

¿Supondría alguna diferencia? Podría pensar: “Solo estoy criando a un pecador común y corriente. No debo preocuparme por eso”. Deberíamos pensar que todos los que están bajo nuestro cuidado, son hijos e hijas de Dios. Deberíamos pedir, como María seguramente lo hizo, que el Espíritu Santo nos guíe como padres. Puedo imaginar que fue de labios de María, que Cristo escuchó por primera vez las enseñanzas del Antiguo Testamento.

Está claro, que incluso, en el sentido más indirecto, los escritores bíblicos consideraban a María, un personaje excepcional en la historia. Por el contrario, Dios expresa su opinión sobre María de la forma más directa posible: a través de un mensajero angelical enviado personalmente por el Señor.

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1: 26-28).

Note cómo el ángel fue enviado por Dios a una región y una ciudad en particular. Nazaret era un pueblo que muchos consideraban un barrio pobre; sin embargo, una virgen desposada que vivía allí era muy favorecida por Dios.

“Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1: 29-33).

¿Quién no se turbaría con una visita así? María desde luego lo estaba, pero el ángel notó la ternura de su corazón y le dijo que no tuviera miedo. Incluso la llamó por su nombre. Gabriel nuevamente le aseguró que había hallado gracia delante de Dios. ¿No le gustaría escuchar de los labios de un ángel que ha hallado gracia delante de Dios? Es la experiencia que tuvo María, y estoy seguro de que nunca la olvidó.

Luego recibió la gran noticia: concebiría y daría a luz a un hijo que se llamaría Jesús. Además, a este Hijo del Altísimo se le daría el trono de David y reinaría sobre la casa de Jacob. Su reino nunca terminaría.

Encontramos un profundo significado profético en este anuncio a María. Toda madre judía desde Abraham —de hecho, toda madre desde Eva— sabía que algún día nacería la Simiente de la mujer (Génesis 3:15). Dios vendría a la tierra en forma humana, a fin de revelar con claridad la voluntad de Dios. Sería en definitiva nuestro Sustituto y Salvador. Estas son las tres grandes razones por las que Jesús vino: para mostrarnos al Padre, para ser nuestro ejemplo y, por último, para tomar nuestro lugar, padecer nuestro sufrimiento, llevar nuestro pecado y otorgarnos su bondad. Para que este intercambio se diera, nos impartió su fortaleza y se revistió de nuestra debilidad.

Pero tendría que nacer primero, ser amado y educado, y Dios encontró una mujer que, con humildad y gracia, aceptó el supremo llamamiento: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (v. 38).

Sin embargo, hay enseñanzas erradas sobre María que se han vuelto populares, y desafortunadamente le restan importancia a la profunda obra redentora de nuestro Salvador.

Existen más desaciertos y mitos sobre María, que sobre cualquier otra madre de la historia. Por eso, siempre que surja el tema del rol y el misterio de María, es necesario hacer una pausa y aclarar su papel desde el punto de vista de las Escrituras. Ciertamente, es un personaje bíblico que merece nuestra atención. Sin embargo, hay algunas iglesias que llevan a los extremos un respeto equilibrado y solemne por el personaje de María. En esencia, endiosan a este humilde ser humano.

Se ha dejado en claro que María fue elegida por Dios, y es un personaje digno de nuestro estudio. Mi esperanza es verla en el reino de los cielos; estoy deseoso de preguntarle cómo fue haber sido elegida para dar a luz al Mesías. Pero, ¿debemos venerarla y tratarla como si fuese una diosa? De hecho, a María —a menudo llamada la Reina del Cielo— la colocan al mismo nivel que Dios y por extensión, parte de la Trinidad. Incluso piensan que deberíamos rezarle.

Al hacer esto, le restan importancia a la misión y trascendencia de Jesús. Además, le causan un perjuicio a María y a su historia. La convierten en un personaje que está más allá de nuestra comprensión, cuando en realidad es una persona con la cual podemos identificarnos.

Una vez que se comprende cuán real y normal era María, si Dios pudo ayudarla a concebir y criar a la persona más importante que jamás haya existido, también hay esperanza para nosotros. Pero si María era una supermamá, ¿qué esperanza tenemos el resto de nosotros?

Tomemos un momento para desmitificar algunas concepciones populares, pero falsas de María, analizando a través de las Escrituras aquellas características y poderes que le han sido atribuidos.

Cuando era niño, creía que la Inmaculada Concepción hacia referencia al nacimiento de Jesús, pero no se trata de la concepción de Cristo, sino de la concepción de María. Algunos aducen que María nació del vientre de su madre, pero que no fue contaminada por una doctrina llamada “pecado original”.

“La Inmaculada Concepción es un dogma de la Iglesia católica, que sostiene que desde el momento en que fue concebida en el útero, la Santísima Virgen María se mantuvo libre del pecado original y fue llena de la gracia santificadora, que normalmente se otorga durante el bautismo. Es uno de los cuatro dogmas de la mariología católica romana... La Inmaculada Concepción no debe confundirse con la virginidad perpetua de María o el nacimiento virginal de Jesús; se refiere a la concepción de María por su madre, Santa Ana”.

Además,

“El proclamado dogma católico romano establece que ‘la Santísima Virgen María fue preservada del pecado original, desde el primer momento de su concepción, por una singular gracia y un privilegio otorgado por el Dios Omnipotente, a la luz de los méritos de Cristo Jesús, Salvador de la raza humana’ ” .1

1 http://es.wikipedia.org/wiki/lmmaculada_Concepción

Si bien María fue una mujer piadosa, ¿cuántos humanos menciona la Bibla que nunca cometieron pecado? Solo uno: Jesucristo. (1 Pedro 2:21, 22). De lo contrario, la Biblia puntualiza que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Eso incluye algunos de los personajes bíblicos más queridos e imponentes como Daniel, Juan el Bautista, Elías y Eliseo.

Aunque estoy de acuerdo en que todas y cada una de las personas mencionadas fueron hombres y mujeres santos, María era humana y, por lo tanto, pecó. Como usted y yo, necesitaba el sacrificio redentor de su Hijo. Algunos insisten en que María estaba libre de pecado, porque Jesús no podía contaminarse con el pecado.

¿Puede un lirio blanco y puro crecer en un pantano turbio? Sí. De igual manera, María, siendo pecadora, podía dar a luz a un hijo perfecto.

En efecto, la propia María confiesa su necesidad de un Salvador:

“Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:46, 47).

Si María estaba libre de pecado, ¿por qué necesitaba a un Salvador? Ella tenía necesidad de ser perdonada como usted y yo.

¿Cuáles son los orígenes del dogma de la Inmaculada Concepción? ¿Por qué se inventó? La razón principal surge de una comprensión equivocada de la naturaleza de Jesús. Es posible que haya escuchado la pregunta formulada de esta manera: “Cuando nació Jesús, ¿tenía la naturaleza de Adán antes de ceder al pecado o después de la caída?”. Como es bien sabido, Adán y Eva no tenían tendencia innata hacia el mal. Cuando fueron creados por primera vez, no estaban motivados por el egoísmo. Después de pecar, se convirtieron en esclavos de las tendencias orientadas al yo. Entonces, cuando Jesús nació, ¿tenía los atributos de la naturaleza de Adán antes o después de la caída?

Se ha debatido este tema durante siglos. Algunos dicen que Jesús tenía la naturaleza de Adán antes de la caída, por lo que no se sentía atraído por el pecado como nosotros. El problema con este punto de vista es que Jesús no puede ser nuestro ejemplo en relación a cómo vencer el pecado. ¿Cómo puede Cristo nacer con esta “ventaja” y, aún así, ser “tentado en todo” como nuestro Sumo Sacerdote que puede “compadecerse de nuestras debilidades”? (Hebreos 4:15).

En cambio, parece bíblico concluir que Jesús tomó la naturaleza que Adán poseía después de la caída, pero no cometió pecado. Seamos realistas, ¡muchas cosas sobre la conformación de Jesús son un misterio! Pero, ¿por qué otra razón se tomarían los autores bíblicos la molestia, de enumerar la genealogía de Jesús con todos los personajes sórdidos de su árbol genealógico? Dios quería que supiéramos que Jesús era tan humano como divino.

Por otra parte, si Jesús hubiera adoptado la naturaleza de Adán antes de la caída, ¿no hubiese heredado sus características físicas? ¿Qué tan alto era Adán? Algunos eruditos dicen que los antediluvianos eran de gran estatura, ¡medían hasta 5 metros de altura! Físicamente, Jesús heredó el cuerpo de la gente de su tiempo, o la Biblia lo hubiese revelado. De hecho, la Biblia expresa exactamente lo contrario: “no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos” (Isaías 53:2).

¿Tenía Jesús el ADN de María? Creo que sí. ¿Podría ser que cuando viéramos a Jesús y luego a María notaríamos algunas similitudes? Parece natural y bíblico asumirlo.

Cristo fue tanto humano como divino. A veces tratamos de hacerlo tan divino que olvidamos que se identifica con nosotros. A Jesús incluso se lo llama nuestro hermano mayor (Hebreos 2:17). Tenemos un vínculo familiar humano con Él. Eso significa que Cristo no resistió el pecado y la tentación con armas que no estuviesen a nuestro alcance. Podemos ser victoriosos como Él fue. El diablo declara que las personas caídas no pueden obedecer, pero Jesús obedeció poseyendo la naturaleza caída de Adán. La vida de Cristo desmiente las afirmaciones de Satanás. Podemos obedecer valiéndonos de la misma ayuda que recibió Jesús. Él es en verdad nuestro ejemplo en todas las cosas.

Si creemos que María es un ser perfecto porque Jesús no podía contaminarse con el pecado, ¿qué esperanza tenemos nosotros, simples humanos, de vencer el pecado en nuestra vida? Es interesante pensar que Jesús, que nació de ella, tuvo que recrear a María de igual manera que lo hace con nosotros. Lo que empezó como un nacimiento milagroso dentro de ella, resultó en el deseo de tener la experiencia milagrosa de “nacer de nuevo”, que todo cristiano necesita. María tuvo que fijar su vista en la cruz de la misma manera que usted y yo lo hacemos. Estoy seguro que ella creció y experimentó una metamorfosis, al igual que todos los cristianos que piden a Jesús que more en sus corazones. Destruimos este precioso simbolismo haciendo de María algo que no es.

¿Era María un ser divino? Algunos sugieren que María es más que un ser humano, que fue concebida milagrosamente. Creen que ella se encuentra al mismo nivel de Jesús en el cielo —un ser que es tanto humano como divino—.

Sin embargo, la Biblia deja muy en claro el hecho de que María era tan humana como cualquier otra persona.

Tenemos que estar absolutamente seguros de esto —es un hecho lamentable que esta enseñanza tuviera sus orígenes en creencias paganas—. Es una blasfemia llamar Dios a algo que no lo es, y el mito de la diosa María, trágicamente, se filtró en nuestra fe. Sus raíces se remontan a Babilonia, cuando Cus se casó con Semíramis, quien decía ser divina y humana, y engendró a Nimrod. Cuando Nimrod creció, se casó con Semíramis. También tuvieron un hijo producto del incesto. En el arte antiguo de aquellos días, a menudo encontramos imágenes de una madre amamantando a un bebé concebido por los dioses. Las imágenes de Jesús en los brazos de María proceden de estas fuentes paganas.

Creo que la deificación de María es obra del diablo. En Génesis 3:15, Dios promete el Mesías al mundo. Satanás ideó contrarrestar esta verdad falsificándola con antelación. Este paganismo se evidencia en falsos dioses como Ishtar, Tammuz, Afrodita y Horus, que no son más que ídolos. Sin embargo, estas ideas paganas invadieron la iglesia y contribuyeron a deidificar a María, quien era humana y real.

¿Cómo sabemos a través de la Biblia que María era humana?

Por ejemplo, cuando Jesús cumplió 12 años, su familia fue a Jerusalén para la Pascua (Lucas 2:41). Grupos de viajeros se unían para hacer estas largas peregrinaciones. Se asemejaba a un gran desfile con cientos de personas avanzando como una multitud. La gente veía a sus amigos y familiares, y pasaba tiempo socializando a lo largo de la travesía.

José y María confiaban en Jesús mientras viajaban. Era un niño obediente y servicial, no como los niños que se meten en problemas tan pronto sus padres no los vigilan. Era tan obediente y complaciente que en el viaje de regreso a casa, sus padres no se preocuparon cuando no llegó a cenar. Asumieron que estaba en algún lugar seguro con familiares. De hecho, llevaban un día y medio de camino antes de comenzar a buscarlo con desespero. Lo habían perdido de vista y tuvieron que regresar a buscarlo. ¿Puede imaginarse que se le confíe el Hijo de Dios, el tesoro nacional, y lo pierda?

Los padres finalmente encontraron a su hijo en el templo, sentado a los pies de los eruditos. Los escuchaba y luego les hacía preguntas tan profundas, que los maestros religiosos quedaron estupefactos ante el hecho de que este niño fuese tan perceptivo e intuitivo.

María le preguntó a Jesús: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lucas 2:48). Es cierto que era su hijo, pero su respuesta es reveladora. En esencia, ella dijo: “Tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Se supone que no debes alejarte de nosotros. ¡Somos tus padres!”. Cuando un niño judío cumplía 12 años, en esos días, se celebraba una ceremonia religiosa llamada Bar mitzvá. Era un ritual de transición donde el varón dejaba de ser un niño y se convertía en un hombre.

En este contexto, Jesús respondió con firmeza, pero amabilidad, a sus padres terrenales: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (v. 49). Con estas palabras les estaba diciendo que su relación con ellos había cambiado: “Soy vuestro hijo, he sido encomendado a vuestro cuidado, pero ahora comprendo mi responsabilidad para con mi Padre Celestial”.

Cuando Jesús asistió a su primera Pascua a los 12 años, se dio cuenta que el cordero inmolado que vio era el llamado de Dios para su vida. Estaba tratando de explicarle a sus padres: “Mi prioridad no son mis padres terrenales, sino mi Padre Celestial. Soy suyo, pero realmente no les pertenezco. Soy el Hijo de Dios, José es mi padre, pero tengo otro Padre”. Esto sin duda fue una epifanía para María.

Esta breve historia también revela que María no lo sabía todo ni era omnisciente, características propias de la divinidad. Cuando Jesús le preguntó si lo “sabía”, era claro que no. No lo sabía todo, y a menudo se sorprendía e impactaba por los sucesos que tenían que ver con Jesús.

De hecho, en Mateo 13:55 leemos: “¿No es éste [Jesús] el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María [Énfasis agregado], y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?”. Si estas personas hubieran sabido que María tenía algo de divino, no lo expresan en este pasaje. Si ella obraba milagros, podrían haber dicho: “Oh, sí, este es el hijo de María; no es de extrañarse que también haga milagros”. Pero este no es el caso, parecían pensar que su familia era absolutamente ordinaria. María era una persona común como nosotros que, en un momento dado, hasta pareció haber dudado de la manera en que Jesús cumplía su misión, como veremos en breve.

La Biblia registra estas reveladoras palabras en Lucas 2:17-19:

“Y al verlo, [los pastores], dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón [Énfasis agregado]”.

La palabra “meditar” es otra forma de decir que ella “se preguntaba”. Sabía que había algo especial acerca de su hijo, pero no sabía con exactitud qué. No lo sabía todo. Nuevamente, en Lucas 2:33, la Biblia explica que María “se maravilló” de todo lo que se decía de Él. A pesar de que se le dio una vislumbre profética de Jesús, se asombraba, al igual que los privilegiados, pero muy humanos discípulos. María albergó dudas al igual que Moisés —reacciones humanas—.

Después de convertirse en adulto, fue bautizado en el río Jordán por su primo Juan el Bautista. Estoy seguro que María debe haber estado emocionada. Se puede percibir dicho entusiasmo a través de la historia, acerca de la fiesta de bodas en el pueblo de Caná.

Las fiestas de bodas en esos días duraban hasta una semana. Y como sucede a menudo hoy día, el anfitrión no estaba preparado para la cantidad de personas que asistieron. Apenas era el tercer día de celebración y se les había terminado el jugo de uva. Entonces, María se acercó a Jesús para decirle: “No tienen vino” (Juan 2:3).

“Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (v. 4). Si bien la llamó “mujer”, no era una falta de respeto dirigirse así a las madres en los tiempos bíblicos, pues equivalía a llamarlas, “señora”.

Sin embargo, aunque Cristo fue respetuoso con su madre, el término que usó para dirigirse a ella ocacionó cierto distanciamiento. No la llamó “madre”, ni siquiera “María”. Algunas iglesias veneran a María en su posición exaltada, pero en este ejemplo, encontramos que Cristo no hace nada para exaltar a María. Por el contrario, parece reprenderla con suavidad, señalando: “Aún no ha venido mi hora”. María se vuelve a los sirvientes y les dice: “Haced todo lo que os dijere” (v. 5). Le hizo notar a su madre que ya no estaba bajo su control. Él había obedecido el mandamiento de honrar a padre y a madre perfectamente, pero después de 30 años, quería que supieran que debía ocuparse de los asuntos de su Padre Celestial. Se distanció de ella.

Cristo entonces convirtió el agua en vino para disfrute de los invitados. De nuevo, el enfoque de la historia bíblica es Jesús, no María. Cristo vino a darnos su vida impoluta, simbolizada por el jugo de uva. A cambio, Jesús tomó nuestra pecaminosidad sobre sí mismo, así como el vino amargo que le ofrecieron en la cruz. La Biblia está llena de símbolos poderosos referentes a Jesús. No nos pide que nos enfoquemos en María, sino que nos enfoquemos completamente en Él.

Otro breve incidente entre María y Jesús, registrado en Lucas 8, refuerza esta relación. “Entonces su madre [María] y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte” (Lucas 8:19, 20). Quizás Jesús estaba enseñando dentro de la casa de Pedro, y alguien le pasó una nota que decía: “Hijo, realmente me gustaría hablar contigo”.

En vista de cómo algunas personas colocan a María al nivel de Cristo, la respuesta de Jesús en este entorno es muy interesante. Podríamos pensar, si María era la “Madre de Dios”, Cristo dejaría todo y saldría rápidamente de la casa. Pero la Biblia dice lo contrario. “Él entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen” (v. 21).

Jesús no identifica a María como una santa sin pecado o una diosa que merece adoración. Cualquiera que quiera hacer la voluntad de Dios forma parte de la familia de Dios. ¡No podemos diferenciar a la madre de Jesús de otras personas! Ciertamente deberíamos honrarla, pero no venerarla. Como el resto de la humanidad, María necesita al Salvador en su vida. Cualquier otra enseñanza desvía la atención que se le debe a Jesús.

Otro dogma sobre María es que fue eternamente virgen, incluso después de tener a Jesús. Con esto se intenta diferenciarla de la raza humana y divinizar su existencia, en el sentido de que no estaba contaminada por las necesidades o acciones biológicas normales de los humanos.

Primero, esto da la impresión antibíblica que el sexo es hasta cierto modo pecaminoso. Posiblemente sea el resultado de una mala interpretación del pasaje que dice: “En pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Es la misma enseñanza que ha llevado a la imposición del celibato sobre el clero católico, pero Dios dice que el matrimonio es bueno y “el lecho sin mancilla” (Hebreos 13: 4).

De mayor relevancia es que la Biblia deja muy en claro que María y José ciertamente se conocían íntimamente en el sentido físico. Mateo 1:24, 25 dice:

“Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta [Énfasis agregado] que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS”.

La palabra “hasta” aquí es clave. No deja lugar a dudas de que la mayoría de la gente estaba al tanto que existía intimidad entre José y María, de manera que la Biblia aclara que esta sucedió después del nacimiento de su hijo. Insinua con esto que luego llevaron una vida matrimonial normal. ¿Y por qué no iban a hacerlo?

Al mismo tiempo, tampoco da a entender que María tuviera otros hijos. La Biblia nos dice que Jesús tenía por lo menos seis hermanos. Los nombres de cuatro de ellos aparecen registrados en Mateo 13:55. Si bien no se mencionan los nombres de sus hermanas, la Biblia usa la palabra plural “hermanas” (v. 56), por lo que se asume que tenía al menos dos.

Es probable que José tenía seis hijos antes de casarse con María. Esto supone que todos los hermanos de Jesús eran hermanastros y hermanastras mayores. Si fuera cierto, entonces parece que María dio a luz a una sola criatura, Jesús. ¿Qué evidencias hay?

En los tiempos bíblicos, se consideraría un irrespeto que Jesús dejara el negocio familiar y se convirtiera en un predicador itinerante después de la muerte de José, especialmente si era el mayor de los hermanos. El más joven por lo general tenía más libertad de dejar el hogar. Se daba por entendido que el mayor obtendría una doble herencia y se haría cargo del negocio familiar.

En la parábola del hijo pródigo, ¿qué hijo se fue de casa? El menor. Otra razón que sustenta la idea de que Cristo era el hermano menor, es la forma en que sus hermanos mayores se relacionaban con él. Se registra en más de una ocasión que los hermanos de Jesús trataban de decirle qué hacer durante su ministerio (ver Marcos 3:31). La cultura hebrea no permitía que los hermanos menores se relacionarían de esta manera con un hermano mayor.

Además, el hecho que José había muerto cuando Jesús comenzó su ministerio terrenal, apoya la opinión que era considerablemente mayor que María, y que tenía una familia anterior.

Hay otro suceso en las Escrituras que pareciera indicar que Jesús era el único hijo nacido de María. Cuando Cristo colgaba moribundo de la cruz, le confió el cuidado de su madre al discípulo Juan. ¿Por qué no a uno de los hijos de María? Quizás sea porque no tuvo otros hijos biológicos. Esto sugiere que María era probablemente la madrastra del resto de los hijos.

La ausencia de referencias bíblicas con respecto a que María tuvo otros hijos, es un argumento a favor que solo tuvo a Jesús, no de que la relación matrimonial con su esposo no fuese normal y sana. Es un tanto exagerado decir que permaneció virgen el resto de su vida; es un dogma que no tiene base bíblica.

Cuando un papa habla desde el trono como vicario de Dios, se entiende que sus palabras están por encima de las Escrituras. Esto es considerado un dogma, no una doctrina bíblica. Las creencias erradas entorno a María, tuvieron su origen en este tipo de enseñanzas, y con el paso de los siglos la iglesia continuó gradualmente exaltando a María, hasta colocarla en una posición cada vez más elevada. Incluso la llaman “María, Madre de Dios”.

No es apropiado adjudicarle ese nombre, que sugiere que es superior al Creador. Dios es infinito, y solo por un acto divino, puede un ser humano finito escogerse como sustituto del Dios eterno. Técnicamente no puede ser la madre del Creador, pues parece insinuar que Dios tuvo un comienzo.

En cambio, María era responsable del lado humano de Cristo; el Espíritu Santo, por su parte, era responsable de la parte divina de Jesús.

Es evidente que María era tan humana como usted y como yo. Entonces, aparte de respetar a esta bendita y devota persona de Dios, ¿cómo deberíamos relacionarnos con ella en el ámbito espiritual? ¿Deberíamos adorarla? ¿Deberíamos rezarle?

En Mateo 2:11, los magos llegaron a la casa de José, le presentaron sus regalos a Jesús y lo adoraron. Si hubiesen considerado a María merecedora de adoración, es probable que estuviese expresado en el pasaje. Por el contrario, leemos que María estaba perpleja debido a la atención que se le daba a su hijo. Ella también habría adorado a Jesús, y habría reprendido a cualquiera que hubiese intentado adorarla. Basta leer Éxodo 20: “No tendrás dioses ajenos delante de mí… No te inclinarás a ellas [imágenes]”, para saber cómo se sentía María.

¿Y qué hay con la oración? ¿Deberíamos rezarle a María? ¿En qué parte de la Biblia se nos ordena hacer tal cosa? Más de mil millones de personas en el mundo se dirigen a ella —a pesar de que no existe respaldo bíblico— como si fuera un personaje de la divinidad. El papa Juan Pablo II dedicó un santuario a María en junio de 1999, diciendo: “Dios te salve, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo y Templo de la Trinidad”. ¿Sobre qué fundamento hizo esto el Papa? Ciertamente no se basó en la Biblia.

Por su parte, Jesús enseñó específicamente a la gente a orar en Mateo capítulo 6: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (v. 9). Debemos orar al Padre directamente. De hecho ¡no necesitamos otro intercesor que Jesús! Mucha gente cree que, dado que Dios gobierna el vasto universo, le es difícil escuchar cada oración, por lo tanto, orar a María aumenta las probabilidades de ser escuchados. Pero esto sugiere que Dios no es realmente divino, ¿no es así?

Dios puede oírle, y cuando ora en el nombre de Jesús, no se necesita nada más. Jesús lo defiende; ¿Por qué necesitaría a María cuando tiene a Jesús? Orar ante o a una estatua de María es quebrantar el mandamiento que prohibe la adoración a los ídolos. Aunque estoy seguro que Dios escucha estas sinceras oraciones ante las estatuas de María, preferiría que fueran a un lugar privado y le hablaran directamente. Hebreos 4:15, 16 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

Podemos ir a Jesús, confiadamente ante Dios, para recibir perdón. Insinuar que necesitamos que María intervenga por nosotros ante Dios, da a entender que el Señor no lo sabe todo o que no está interesado en nuestras oraciones. Además, Mateo 6:7 dice que no usemos vanas repeticiones cuando oramos. Esto incluye el Ave María. No recibimos ningún mérito por orar una y otra vez. ¡Jesús fue muy claro al respecto!

Otra enseñanza bíblica entra en conflicto con la idea de orar a María. Las Escrituras muestran claramente que cuando una persona muere, permanece en la tumba hasta la resurrección. “Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido” (Eclesiastés 9:5). Y: “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:15, 16).

Jesús compara la muerte con el sueño (Juan 11:11-14). Así como Dios creó a las personas del polvo de la tierra, así volverán a la tierra (Génesis 2:7 y Eclesiastés 12:7) hasta la resurrección (Juan 5:28, 29). Eso significa que María todavía está en la tumba, esperando la mañana de la resurrección en la segunda venida de Cristo. No es posible comunicarse con los muertos. Es más, la Biblia condena a quienes intentan hablar con los difuntos (Deuteronomio 18:10-15). María no es una intercesora de Cristo, porque no puede serlo ni física ni espiritualmente: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

Otra enseñanza sobre María, que podría usarse para eludir el hecho de que María ahora duerme en Jesús, es que el Señor bajó a la tierra con ángeles para recoger a María, después de su muerte. Argumentan que si Moisés resucitó, ¿por qué no María? No tenemos que conjeturar que Moisés fue resucitado de entre los muertos, porque la Biblia, en el libro de Judas, expresa sin ambiguedades que así fue. Sin embargo, guarda total silencio en cuanto a la idea que María fue llevada al cielo.

Y ahora, como siempre sucede con los engaños, este ha ido demasiado lejos. La misma enseñanza sugiere que María se encuentra junto al trono de Jesús, como parte de un cuarteto santo, en vez de adoradora de la Divinidad. Es una teología blasfema, por no encontrarse en la Biblia.

Con todo, sabemos que Jesús amaba a María, aunque todavía no haya bajado a la tierra a resucitarla. El último acto de su vida fue cuidar de su madre, encomendándosela a Juan, su discípulo de confianza, quien acogió a María en su propia casa. Creo que María probablemente esté enterrada en algún lugar de Antioquía, ya que Juan se dirigió a ese lugar. Sabemos que será resucitada con Pedro, Santiago y Juan, que esperan mientras duermen un sueño profundo y sereno. “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2).

Muchos creen que María bendice a la raza humana, pero más bien fue ella la bendecida por Dios. La idea que debemos rezarle, y que ella tiene el poder de bendecirnos con dones, no es bíblica. Lucas 1: 48 dice: “Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”, pero ella no es la que bendice. Tenemos las mismas oportunidades que María de ser bendecidos; muchas personas en la Biblia también fueron bendecidas. Sin duda, fuimos bendecidos por lo que hizo María, pero hoy día ella no imparte bendiciones divinas. ¡No puede hacerlo! En contraste, es Jesús quien bendice, porque está vivo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).

A la luz de estas verdades bíblicas, ¿qué pensamos de las apariciones de María alrededor del mundo? Concuerdo con que algunas personas sinceras ven algo que se les aparece, pero no es María. Creo en esto, porque la Biblia enseña que cuando alguien muere, permanece en la tumba.

Es peligroso, entonces, pararse ante una estatua de María y pedirle que nos bendiga. Recuerde, el diablo mismo puede disfrazarse como ángel de luz. ¿Es posible que el diablo utilice visiones de María para alejar a las personas de Dios? El libro de Apocalipsis dice que el diablo se aprovechará de este engaño de una manera poderosa. Hay pocos personajes en la historia que sean tan amados como María —no solo los creyentes protestantes, católicos romanos y ortodoxos la aman, sino que también los musulmanes—. ¿Sabía que María es la única mujer que se la llama por su nombre en el Corán? Su presencia unificadora podría ser una influencia positiva en el mundo espiritual, pero fuera del contexto bíblico, es sumamente compleja y engañosa. Es por eso que la Biblia debe ser nuestra única guía en lo tocante a asuntos de fe.

Muchas enseñanzas falsas se atribuyen directamente a María. En una aparición, supuestamente dijo: “Quiero que los laicos obedezcan al papa, a los obispos y a todos los curas. Son mis hijos más amados y han recibido el poder de perdonar pecados. (...) Por eso, incluso mi Hijo Jesús desciende del cielo a la tierra en obediencia a ellos” (Tabloide, Mary's Touch [El Toque de María], 24 de septiembre de 1994). Solo Jesús tiene el poder de perdonar pecados, y no está sujeto a las órdenes de ningún ser terrenal. ¿Nota los problemas bíblicos que esto puede crear? Si cualquiera puede atribuirle una enseñanza a María, ¿cómo podemos saber cuál es la verdadera? Por eso Dios nos dejó la Biblia, para compartir lo que su Hijo nos enseña.

No hay necesidad de sentirse confundido o engañado por falsas enseñanzas o apariciones engañosas de María. Nunca olvide que Dios conoce su corazón, por lo que no necesita recurrir a María. Ella no puede escuchar sus oraciones porque descansa en el Señor, esperando su pronto regreso.

Hubo un evento interesante que tuvo lugar ocho días después del nacimiento de Cristo. Jesús fue circuncidado y llevado al templo para ser dedicado al Señor como hijo primogénito, tal como se hacía con los varones primogénitos judíos. José y María viajaron de Belén a Jerusalén, a unos 11 kilómetros de distancia, donde registraron a Jesús en el templo.

Este evento tiene una significancia profética que va más allá del acontecimiento. Ya que una mujer en la profecía representa a la iglesia (ver Jeremías 6:2), vemos en esta descripción de María una conexión entre la iglesia y Jesús. María es un tipo, un símbolo de la iglesia, y Cristo es la cabeza de la iglesia. Si tuviera que elegir a una mujer para que fuera mi madre, elegiría a alguien que me llevara a la iglesia. Cristo y la iglesia todavía tienen que unirse.

María y José llevaron a Jesús al templo para ser dedicado. En la iglesia en la que soy pastor, dedicamos niños al Señor cuando son pequeños. Ahora bien, esto es diferente del bautismo. Los padres toman la decisión de dedicar a sus hijos. El bautismo debe ser decisión del individuo. No creo que sea apropiado bautizar a los bebés porque primero, deben arrepentirse de sus pecados, confesarlos, y creer en Cristo. Los bebés, obviamente, no pueden hacer estas cosas. Pero los padres sí pueden dedicarlos a Dios y pedir la bendición del Señor para sus hijos.

Cuando Jesús fue llevado al templo, se encontraron con Simeón, uno de los sacerdotes. El Espíritu Santo le había dicho a Simeón que vería al Mesías antes de morir. En este contexto, dice:

“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

Después de compartir esta hermosa oración, Simeón bendice a la familia, pero se dirige específicamente a María con estas palabras proféticas: “He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”.

Simeón no solo predice que Cristo enfrentará resistencia y oposición a su poderosa obra, sino que una espada atravesaría el corazón de María. Es interesante notar que en la profecía bíblica, una espada representa la Palabra de Dios (Efesios 6:17 y Hebreos 4:12). ¿Cómo fue atravesado el corazón de María por una espada? La gente de su época creía que algún día el Mesías vendría y conquistaría a los romanos. Incluso los propios discípulos de Jesús hablaron de usar espadas para oponerse a Roma (Lucas 22:38). La gente entendió mal el punto de Cristo sobre las espadas; el Señor se refería al poder de la Palabra de Dios.

María esperaba que su hijo, el Mesías, destruyera a los romanos y liberase a Israel. Pero su corazón sería traspasado, cuando lo viera morir en el Calvario. Su corazón se rompería y sus esperanzas se verían truncadas, cuando viera a Cristo sentado en un trono temporal en Jerusalén.

Creo que el corazón de María también sería traspasado, si supiera acerca de la exaltación indebida de la que es objeto hoy. María fue una persona real en la historia. Era 100% humana y 0% divina. Si bien esto impacta a mucha gente porque creen que María forma parte de la Divinidad, ella estaría devastada al saber que ha sido colocada en el pedestal de una diosa con orígenes en la antigua Babilonia. La espada vencedora a la que sin duda señalaría, es la Palabra del Señor que atraviesa nuestros corazones para convencernos del pecado y ayudarnos a ver nuestra necesidad de ser limpiados. Ella apuntaría a Jesús; como dijo Juan el Bautista, y buscaría menguar para que Jesús pudiera crecer en nuestras vidas (Juan 3:30).

¿Cómo llegamos al cielo? ¿Puede María ayudarnos a llegar allí? La Biblia dice:

• “Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).

• “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).

• “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

Jesús intercede porque pagó nuestra deuda. Él dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados”. Todos nosotros, al igual que María, podemos vivir una vida llena del Espíritu. Jesús no está demasiado ocupado para escucharte; Él quiere oir tus oraciones. Él te mira desde arriba y anhela oírte orar como si fueras la única alma en el mundo por la cual Él murió. Jesús es la escalera entre el cielo y la tierra. Vino a la tierra como hombre para reconciliarnos con Dios. En su nombre, tenemos acceso a Dios y a su salvación.

La historia de María puede ser nuestra historia. Su experiencia de tener a Cristo milagrosamente dentro de sí, puede ser la nuestra. Así como la madre de Jesús fue elegida para recibir al Espíritu Santo dentro de su vientre, nosotros también podemos recibir a Jesús dentro de nuestros corazónes. María es transformada. Aquel a quien ella nutre termina nutriéndola.

Cuando tengas la experiencia de nuevo nacimiento, crecerás con la leche no adulterada de la Palabra (1 Pedro 2:2), alimentarás a Cristo dentro de ti, hasta que Él transforme tu vida entera. Pasarás de recibir la Palabra a proclamarla. María, la madre de Jesús, se convirtió en María, la seguidora de Jesús. También se puede experimentar el milagro del nuevo nacimiento dentro del corazón cuando se recibe a Jesús. Es una transformación que Cristo quiere hacer en tu vida, incluso si has sido engañado o has comprendido mal el rol bíblico de María. Agradécele a Dios, te ha mostrado la verdad. ¡Esto te liberará!

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